Viernes, 05 de agosto de 2005
La Fiesta
Archivado en:
Textos y Relatos
Hace unos días me invitaron a una fiesta. Una joven desconocida vestida de negro y luciendo unas vistosas trenzas de color naranja me abordó en plena calle y con una enigmática sonrisa del mismo color me entregó una invitación impresa en un brillante papel.
Leí el anverso, en el que con una elegante tipografía dorada sobre fondo negro se indicaba el lugar de la fiesta, un casino en las afueras, y la hora, el sábado a las diez de la noche. En letra pequeña se indicaba que el vestuario exigido para hombres y mujeres era libre.
En el reverso se indicaba que la invitación era personal e intransferible, y debajo se dibujaba una línea de puntos en los que supuestamente se debía escribir el nombre del invitado. Le pregunté a la desconocida qué pasaba si quería ir acompañado, a lo que me contestó sin dejar de sonreír que quien debía ir a la fiesta ya tenía su invitación, y que si no la tenía, es que no debía ir.
Volví a mirar la invitación, porque también tenía mis dudas acerca de aquello de que el vestuario exigido era libre, algo que me parecía totalmente contradictorio, y cuando alcé la cabeza para pedirle a la desconocida que me aclarara aquel punto descubrí que había desaparecido. Ya no se encontraba ante mí, ni podía verla en toda la calle.
Volví a mirar la invitación. Curiosamente, sobre la línea de puntos ahora se podía leer claramente mi nombre completo escrito en letra de imprenta.
Todo aquello me sonaba cada vez más raro. ¿Cómo había desaparecido la chica tan velozmente? ¿Cómo había aparecido mi nombre en la invitación donde segundos antes solo había una línea de puntos? ¿Por qué me invitaban a mí precisamente? ¿Quién celebraba la fiesta y con qué motivo?
El caso es que me picó la curiosidad, y pensando que no tenía nada que perder decidí acudir a la misteriosa fiesta.
El sábado me vestí siguiendo estrictamente las instrucciones de la invitación, es decir, como me salió de los... bueno, como consideré oportuno: zapatos negros, pantalones vaqueros grises, camisa blanca sin corbata y chaqueta negra de sport. La melena sin recoger cayendo sobre los hombros. Arreglado, pero informal, como decía la folclórica.
El casino disponía de aparcacoches propio, así es que no perdí ni un segundo en pasar
al vestíbulo. Allí un empleado impecablemente vestido se acercó a mí para recoger mi abrigo o mi sombrero, supongo yo, pero al comprobar que yo no usaba ni uno ni otro dio media vuelta y se alejó de mí contrariado.
Desde el vestíbulo accedí a un lujoso salón del que provenía una suave música –Enya, me pareció reconocer-. Por el enmoquetado suelo de la estancia se repartían unas cien personas formando grupos más o menos numerosos. Me pareció que la proporción entre hombres y mujeres estaba bastante igualada y calculé la media de edad de los asistentes en torno a los treinta o treinta y cinco años.
Entré en el salón, e inmediatamente se me acercó un elegante camarero para preguntarme si quería tomar algo. Le contesté que tomaría una cerveza fría. Me miró de arriba abajo con desdén y dio media vuelta para dirigirse taconeando altivamente hacia una barra de bar cercana en busca de mi bebida. En breves segundos estaba de nuevo a mi lado ofreciéndome una jarra de cerveza helada, aunque su mirada de desprecio no había cambiado ni un ápice.
Decidí ignorar al estirado camarero y seguí andando hacia el interior del salón. El primer grupo con el que me tropecé estaba formado por hombres y mujeres vestidos con lujosos trajes de Armani que portaban carteras de piel y bolsas de ordenadores portátiles en las manos. Todos y cada uno de ellos tenía al menos un teléfono móvil de ultima generación a la vista y algunos manejaban sofisticados PDA’s y agendas electrónicas mientras charlaban animadamente con los demás. Incluso los había que se mandaban mensajes SMS multimedia entre ellos, aunque se encontraban solamente a un par de metros de distancia.
Me pareció bastante fuera de lugar presentarse en una fiesta con tal arsenal tecnológico, así es que escuche intrigado su conversación antes de decidirme a presentarme. Un grupo escuchaba atentamente a uno de sus integrantes, un hombre delgado con gafas redondas y cara de pollo, que hablaba sobre el último estudio que había realizado su empresa –una consultora informática, deduje yo- a uno de sus clientes.
El plan del cliente era montar una .com para hartarse de ganar dinero en Internet, ni más ni menos. Por lo que pude entender, para llevar a cabo tan ambicioso proyecto la empresa del carapollo le había presupuestado a su cliente lo siguiente (hablamos en Euros, contantes y sonantes):
| Concepto | Cantidad | Importe | Total |
| Ordenadores de alta tecnología (PentiumIV a 2.7Ghz) | 6 | 4500 | 27000 |
| Sistemas operativos de alto rendimiento basados en Unix (Es decir, Linux) | 6 | 3200 | 19200 |
| Software servidor de Sites y Portales Corporativos (Apache) + seguridad activa | 2 | 4200 | 8400 |
| Software servidor de Bases de Datos relacional, escalable y de alta fidelidad (MySQL) | 1 | 3000 | 3000 |
| Diseño e implementación de la estructura neuronal y de red inalámbrica | 160 horas | 72 /hora | 11520 |
| Formación de alto nivel al personal de la empresa | 320 horas | 60 /hora | 19200 |
| Diseño y maquetación del logotipo corporativo | 1 | 36000 | 36000 |
| Subtotal | 124320 |
| Iva 16 % | 19891 |
| TOTAL s.e.u.o. | 144211 |
- ! Eh! y a buen precio, que son colegas míos y los hemos tratado muy bien. – Decía el carapollo - No les hemos cobrado dietas ni desplazamientos, que son un pico, y la formación se la hemos dejado tirada, como podéis ver. Ahora que ya veréis, en dos días están montados en el dólar, ¡seguro!”
- ¡Oooohhh! - Dijeron todos los contertulios a la vez
- ¡COooohhh – JOooohhh - Neeees! – Dije yo.
Bueno, como no me apetecía mucho meterme en temas tan truculentos, me acerqué a otro subgrupo. Una de las mujeres, una rubia de peluquería de unos treinta y pocos años y más fea que Rossy de Palma tomando bicarbonato, se quejaba amargamente de que la obra de ampliación de la piscina de su chalet se estaba demorando demasiado, a lo que su interlocutora, una señora algo más alta y más joven pero igual de fea, respondía con graciosos mohines de contrariedad y continuos “!Oooohhhiggss! ¡Y yo más!”
Un poco más allá se encontraba una señora cuarentona que no dejaba de observarme con atención. Se encontraba apartada de los demás, aunque más bien parecía que estaba integrada en otro grupo del que se había separado un poco y ahora estaba en terreno de nadie. Lucía un espectacular collar de oro rematado por un diamante que hacia juego con sus pendientes y con los adornos de su bolso y sus zapatos de tacón, que también eran pequeños diamantes.
Entretanto, uno de los caballeros de más edad había abierto el ordenador portátil sobre una de las mesas y se lo estaba mostrando orgulloso a los integrantes del corrillo que se había formado a su alrededor.
La cuarentona seguía observándome descaradamente, y yo seguí prestando atención al corrillo de los del ordenador, pero cuando volví a mirar a la señora, ésta se había situado a mi lado y seguía mirándome con descaro.
Cuando la situación ya se me estaba haciendo embarazosa, la señora tocó levemente mi brazo y cuando me giré hacia ella me ofreció una copa vacía y me dijo “Tráeme otra copa de Dom Perignon, mozo”

Reconozco que por un momento no supe como reaccionar, así es que tomé la copa sin decir nada y me acerqué al camarero que me había servido la cerveza anteriormente. Le tendí la copa y mi jarra ya vacía y le dije -“Ponme otra jarra de cerveza a mí y otra copa para aquella señora que parece un árbol de Navidad, mozo”-
El camarero compuso un gesto de desagrado, y me indicó:
- Caballero, para su información le diré que aquella “señora” es Doña Jimena de Díaz-Hermosilla y Salvatierra-Machado, condesa del Alto Condado del Bierzo y dos veces Grande de España por la gracia de Dios.
- ¿Ah, si? ¡No jodas! – contesté yo – Bueno, pues entonces yo quiero otra cerveza y la señora dos veces grande quiere otra copa de cava, mozo.
- ¿Cava, señor? – me preguntó extrañado el camarero
- Si, cava. Codorniu o Freixenet o lo que tengas por ahí, mozo. (Aquí tengo que confesar que pensé que tendría que pagar yo las copas, por eso me hice el sordo con el Dom Perignon).
El camarero sirvió las bebidas y me las entregó. Me acerqué a la de los diamantes –sinceramente, ya no recordaba su nombre- y le dije:
- Señora, su bebida – al tiempo que le ofrecía la copa.
- Ha tardado mucho, mozo – se quejó ella.
- Es lo malo que tiene no ser camarero, que no se tiene práctica.
- ¡Ah! ¿No es usted camarero? ¿aparcacoches entonces? ¿de mantenimiento? – se interesó.
- No señora, soy un invitado.
- ¿Ah? ¡Vaya! ¡Qué pintoresco es usted!
¡Me había llamado Pintoresco, la tía guarra! ¡A mí! ¡Así se le atragante el Rondel! ¡Pintoresco! Mira que me han llamado cosas en mi vida, pero nunca me habían llamado Pintoresco. Y menos en toda mi cara.
En fin, como aquella mujer tenia el don de descolocarme por completo, decidí acercarme otra vez a los del portátil.
Mientras los demás admiraban el aparato, el dueño reparó en mí y me preguntó;
- Usted parece entender de ordenadores, amigo ¿Qué le parece este? Una maravilla, ¿a que sí? – me preguntó el orgulloso dueño del cacharro.
Me acerqué al ordenador y le comenté:
- Muy bonito, sí. Está muy bien- opiné - ¿Cómo se llama?
- Se llama Pentium IV a 3.2 Gigaherzios, joven. 40Mb de Disco Duro, 512 de RAM, regrabadora de DVD’s, WiFi integrado... – me relató
- Si, todo eso ya lo leo en la etiqueta. Que cuánto le ha costado, me vengo a referir.
- Ah, tirado, tirado. Me ha salido por solamente 3.200 Euros. Una ganga.
- ¡No me diga más! ¿A que se lo ha vendido aquel tío con cara de pollo? – le pregunté
- ¿Cómo lo ha sabido? ¿Lo conoce? – se extrañó
- Hasta ahora no, pero ya lo voy conociendo – contesté.
No quise entrar en detalles con el caballero y lo deje disfrutando de su “ganga” en su santa ignorancia mientras seguía mi paseo por el grupo.
Ahora la mujer que se lamentaba de la tardanza en la ampliación de la piscina le estaba relatando a la otra las excelencias del sistema SVQTC (Se-Ve-Que-Te-Cagas) del DVD integrado en el salpicadero del BMW 835 que le había regalado su marido por su cumpleaños. La otra le contestaba emocionada: “!Oooohhhiggss! ¡Y yo más!”
Decidí que ya tenia bastante de empresas.coms, de portátiles, de móviles de ultima generación, de DVD’s y demás Oooohhhiggss y busqué otro grupo.
Por error fui a parar al grupo de la Señora Doña... joder... ¿cómo se llamaba la tía esta?... Bueno, la dos veces grande de España, ya saben a quién me refiero.
Resulta que la buena mujer era la que menos bisutería llevaba encima. Las demás damas llevaban collares, anillos, pendientes, e incluso diademas plagadas de brillos de oro, plata y pedruscos preciosos en general. Todo el escaparate de Tiffany’s.
En previsión de que me iba a hacer falta para lidiar con aquel ganado, me acerqué al camarero de antes, el cual no me quiso dar la oportunidad de que le volviera a llamar “mozo” y ya me tenía servida una tercera jarra de cerveza cuando llegué a la barra.
- Gracias, mozo – le dije antes de marcharme de vuelta al grupo de los brillos.
Uno de los integrantes del grupo era un señor de unos cincuenta años vestido con chaqueta azul, pantalón gris y pañuelo al cuello. Usaba unas gafas de diseño con montura dorada y los gemelos de oro que asomaban bajo las mangas de la chaqueta brillaban tanto como su Rólex.
Estaba hablando con otros dos personajes; uno era pequeñajo, muy delgado, completamente calvo y lucía una frondosa barba. El otro era igual, pero con pelo enmarañado y sin barba. Parecía que tuvieran la misma cabeza pero puesta una al revés del otro.
- Pues si, ya veis. Solo he comprado dos mil quinientas acciones, porque me ha dado pena quedarme con todo el negocio.
- Es que es usted un santo, Don Leandro – le decía el de la cabeza al derecho.
- Sí, Don Leandro, es usted un santo – recalcaba el de la cabeza al revés.
No tenía un interés especial en averiguar de qué coño eran las dos mil quinientas acciones, así es que me di la vuelta para largarme con la música a otra parte. En eso estaba cuando el tal Don Leandro me llamó.
- ¡Oiga! ¡Usted!
- ¿Es a mí? – pregunté girándome
- Sí. No se vaya, acérquese.
Me acerqué al grupo. Los otros dos individuos me miraban con expresión desconfiada.
- Mi nombre es Don Leandro Salazar y Rincón, de los Salazar y Rincón de toda la vida – me aclaró - ¿Cómo se llama usted, amigo?
- Me llaman Aboreh – respondí – de los Aboreh de... bueno, de los Aboreh a secas.
- Que nombre más raro, Don Leandro - comentó cabeza-con-barba.
- Sí, que raro es el nombre, Don Leandro – apuntilló cabeza-con-pelo.
Eran Hernández y Fernández en versión pelotillero, los jodíos.
- ¡No es raro! ¡Es pintoresco! ¿Y cómo es que se encuentra usted en esta fiesta, Don Aboreh? – Me preguntó Don Leandro.
Pintoresco – pensé yo - ¿Y si yo ahora te llamo hijo de tu reputísima madre? Bueno, decidí ser prudente por el momento.
- Pues realmente no sé muy bien que hago aquí. Una joven de trenzas naranja me dio una invitación por la calle, y como no tenía nada mejor que hacer decidí pasarme por aquí a ver que se cuece – contesté.
- Ah, estupendo. ¿Y qué le parece la fiesta hasta el momento?
¿Cómo le decía yo a aquel tipo que me lo estaba pasando del carajo, pero únicamente por lo ridículos que me parecían los invitados?
- Bien, bien. Muy amena – Salí del paso.
- Don Aboreh esta bebiendo cerveza, Don Leandro – Dijo Hernández
- Don Leandro, Don Aboreh esta bebiendo cerveza – Apostilló Fernández

- Oídme, ¿Vosotros dos veníais defectuosos de fábrica u os habéis ido atrofiando por el camino? – Les pregunté
- No les haga caso, Don Aboreh – salio al paso Don Leandro – no tienen mala intención – les defendió - Pero permítame otra pregunta, y disculpe mi indiscreción; ¿ha estado usted en Saint Tropez últimamente?
- Pues no, la verdad es que no he estado nunca en Saint Tropez – respondí.
- ¿No? Pues debería visitarlo, querido amigo. En estas fechas yo suelo embarcar en mi yate y darme una vuelta por allí.
- Ya veo, pero el problema es que yo no tengo yate – respondí.
Si, eso le respondí a Don Leandro, que no tengo yate. Y en qué mala hora lo hice, porque en ese mismo momento la música hizo una pausa y me oyó decirlo todo ser viviente a cinco metros a la redonda.
- ¡Don Leandro, Aboreh no tiene yate! – proclamó Hernández
- ¡Aboreh no tiene yate, Don Leandro! – reafirmó Fernández
Vaya, parece que el no tener yate le mutila a uno el “Don” automáticamente.
- ¡Pero cómo! ¿No tiene usted yate? Entonces... ¡igual no tiene ni casa en Marbella!
- Pues no, mire usted. Tampoco tengo casa en Marbella – contesté.
¡Joder la que se lió cuando dije que no tengo casa en Marbella! Aquello parecía un gallinero, con Don Leandro en el papel de gallo principal, los dos pelotilleros como dos pollitos asustados y todos los demás como gallinas histéricas correteando y cacareando a mi alrededor. ¡No tiene yaaaaaaate! ¡No tiene yaaaaaaate! ¡Coc coc coooooc! Impresionante.
Estaba claro que aquella gente no me veía con muy buenos ojos (ni yo a ellos, aunque no era nada personal), así es que decidí emigrar de nuevo. Me acerqué a un nuevo grupo, no sin antes hacer una parada en la barra para pedir otra cerveza (esta vez no hubo ningún incidente con el camarero)
El nuevo grupo se arremolinaba en torno a un personaje bajito y gordito. Este lucía una recortada perilla que ensanchaba aun más su cara. Vestía una raída chaqueta de pana verde, camisa de cuadros azules, pantalones vaqueros caídos y mocasines marrones. Se le veía muy cómodo mientras hacia una breve pausa en lo que estaba explicando para encender una pipa y captar aun más la atención de los demás. Cuando terminó con la pipa dirigió una mirada a su público como para asegurarse de que estaban todos pendientes a sus palabras y dijo:
- Lo que yo digo, y Nietze corrobora, es que la virtud de la persona se basa en la percepción de lo intrínseco que observa cada cual en los demás.
Y se quedó tan ancho el tío. Hizo otra breve pausa para dar dos largas caladas a la pipa y observar a través del humo la reacción de los otros ante sus palabras. Cuando consideró oportuno, continúo hablando:
- Es más, según mi opinión -con la cual coincide Sartre plenamente- el alma entendida como ente propio e inherente a la persona es comúnmente relacionada con el ego y el alter-ego, a la manera de Freud, y no con algo insustancial e indivisible de la materia, como ya afirmó Einstein con su E=MC2.
Flipante. Era flipante. Y lo mejor del caso es que la panda de cenutrios que se arremolinaban a su alrededor asentían levemente con la cabeza como si estuvieran entendiendo algo.
El tío siguió hablando, pero cambió de tercio esta vez:
- El arte, como tal lo entendemos, es un sinsentido para la razón. No se puede entender nada en la naturaleza sin emplear medios artísticos y a la vez empleando la paleta de un pintor o las teclas de un piano como las emplearía el creador de tal naturaleza.
Joder, joder, joder. Qué cosas, ¿eh? Pero atención, que ahora venia lo bueno. Para terminar de iluminar nuestras incultas mentes, el personaje pidió a la audiencia que lo acompañara a contemplar un cuadro que se encontraba colgado en una pared cercana.
Bien, pues el efecto fue como el de un pastor cuando grita a su rebaño de ovejas en el monte: “!Arriiiaaaa! ¡pá! ¡pá! ¡vaaaamos oveeeeejas!” y las ovejas van y lo siguen. Igualito.
Cuando el individuo se plantó delante del cuadro dio una calada más a su pipa, expulsó el humo despacito por la nariz y empezó a hablar:
- El autor ha encontrado el color en la materia, en las formas, en las texturas. Con él nos comunica la calidez de los tonos y la sensación del espacio y el tiempo. No es de extrañar que la obra sea, pues, un legado inmortal de las propias sensaciones traídas por la imaginación y aplicadas sobre el lienzo. Una obra maestra.
O yo soy más torpe de lo que pensaba, o aquel capullo se estaba quedando con todo el personal. Nunca había oído a nadie hablar tanto y decir tan poco. Su caso era de juzgado de guardia, pero peor era lo de sus acólitos, que lo escuchaban con la boca abierta y sin intención de decirle ¿Pero tú eres tonto o te crees que lo somos nosotros?
A mi lado se encontraba una joven pecosa de melena corta y rizada que parecía encontrarse en éxtasis. Tenía las manos enlazadas sobre el pecho y su expresión de misticismo era tal que parecía que le estuviesen revelando el tercer misterio de Fátima.
Me supo mal apartarla del nirvana, pero tenia que averiguar quién era aquel personaje.
- Perdón, señorita. ¿Me podría decir quien es ese caballero? Me refiero al gordito de la perilla, al que no se calla ni debajo del agua.
- Oh, es el Doctor Federico Antonio de Las Heras Fitz-Roy, una eminencia.
- ¿Una eminencia? ¿sí? ¿en qué? – pregunté
- En todo. En arte, en filosofía, en historia, en humanidades, en música, en todo.
- ¡Ah! ¿Y en qué materia es doctor, exactamente? – me interesé
- En todas. En arte, en filosofía, en historia, en humanidades, en música, en todas.
- ¡Cojones con el tío! – pensé yo – ¡qué monstruo!
- El Doctor Federico Antonio ha tenido a bien acudir a la fiesta para regar nuestras desnutridas mentes inferiores con su increíble cultura – recitó la muchacha.
- Hermanos, alabemos al Doctor – repuse yo con ironía
- Parece ser que no confías en el Doctor Federico Antonio, y deberías hacerlo.
- ¿Ah si? Pues de momento no le he oído decir más que paparruchadas.
- ¿Cómo? ¡Atiende al Doctor, hereje! – se enfadó la pecosa
- Si lo atiendo me puedo volver loco como tú. ¿No ves que se está quedando con todos vosotros?
De nuevo tendría que haber mantenido la boquita cerrada. Cuando oyó que me estaba metiendo con su Doctor, la muchacha reacciono peor que si le estuviera mentando la madre.
Lo peor es que se puso hecha un basilisco y empezó a gritarme improperios y esto llamó la atención de los otros oyentes y hasta del mismísimo Doctor, que consiguió despegarse de sí mismo por un momento. En un momento me tuvieron rodeados, y temí que fueran a practicar conmigo la ley de Lynch.
- ¿Quién es usted, joven? – me honró el Doctor con su pregunta.
- Me llaman Aboreh ¿A que es pintoresco? – contesté
- Realmente lo es, no cabe duda ¿Y a que se debe esta interrupción en mis enseñanzas? – preguntó
- Este hereje inmundo ha dudado de Su palabra, Doctor – explicó la jovenzuela.
- ¿Ah si? Tal vez su mente sea tan escuálida que no alcanza a entender mis sabias palabras, señor Aboreh – explicó el Doctorcito humildemente.
- O tal vez sus palabras sean tan vacías que no ofrezcan nada que entender, caballero.
Aquella salida no hizo otra cosa que calentar todavía más los ánimos de los sectarios Federico-antonianos. Mal asunto, a fe mía.
- Y... ¿por qué cree que mis palabras son vacías, señor Aboreh?
- Veamos, ¿seria usted capaz de reproducir lo que ha dicho sobre ese cuadro hace un momento? – le pregunté.
- Naturalmente – contestó.
- Oigámoslo – repuse yo.
El Doctor examinó el cuadro en silencio durante dos o tres minutos, y posteriormente se lanzó con estas palabras:
- El autor ha encontrado el color en la materia, en las formas, en las texturas. Con él nos comunica la calidez de los tonos y la sensación del espacio y el tiempo. No es de extrañar que la obra sea, pues, un legado inmortal de las propias sensaciones traídas por la imaginación y aplicadas sobre el lienzo. Una obra maestra.
Terminada su parrafada sonrió a sus pupilos con suficiencia.
- Impresionante, Doctor. Realmente impresionante. Solo veo un pequeño matiz, que seguro que el resto de la audiencia también habrá observado.
- ¿Y cual es? – pregunto el Doctor intrigado
- Que esa opinión es exactamente la que dio hace un rato sobre un cuadro, el que esta a su izquierda y que se titula “Vaca pastando en el campo en una calurosa tarde de otoño”. Ahora la ha ofrecido sobre el que esta detrás de usted, el titulado “Puente sobre el río Pisuerga aprovechando su paso por Valladolid”
- ¿Ah sí? ¿Y qué?
- Pues que ha dicho exactamente lo mismo, Doctor. Y no he visto en mi vida dos pinturas más diferentes. ¿Son eso palabras vacías o no, doctor?

Allí dejé al buen doctor y a su rebaño -que por lo visto ya no estaba tan seguro de la infalibilidad de sus palabras.
Entonces pensé que aquella fiesta era una mierda, por decirlo sutilmente. Saqué la entrada del bolsillo de la chaqueta para ver si se me había pasado algo por alto. Mi nombre continuaba escrito sobre la línea de puntos en el reverso igual que antes, pero al darle la vuelta vi algo que me hizo comprenderlo todo de golpe. Sobre las líneas en las que se indicaba el lugar y la fecha de la fiesta ahora ponía bien clarito:
Invitación a la fiesta con los invitados más odiosos que puedas imaginar. Todos aquellos seres a los que siempre has despreciado reunidos en un mismo salón. ¡No te lo puedes perder!
Cuando estaba a punto de acordarme de la familia de la chavala de las trenzas que me dio la invitación, desperté.
Era domingo. El despertador marcaba las 08:13, y tenia resaca. No recordaba haber tenido una pesadilla peor en todos los días de mi vida. Bebí un vaso de agua, me di la vuelta sobre la cama, abracé a mi compañera y me volví a quedar dormido, esta vez sin más pesadillas.
Escrito por
Aboreh El 08/05 a las 08:29
(0)
Comentarios •
(0)
Referencias •
Permalink
Referencias
URL para referencias
Comentarios
Comentar