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Martes, 23 de agosto de 2005


Parte de guerra.

Archivado en: Textos y Relatos


Año 2005. La situación es crítica.

Las organizadas hordas provenientes del oeste ya han invadido nuestro territorio con la complicidad de ciertos elementos cuyo único fin es el de enriquecerse aun a costa de la libertad de sus conciudadanos. Nada hemos podido hacer ante las armas de los invasores salvo plegarnos a su poder y aceptar sus exigencias.

Sus himnos atronan nuestras ciudades. Su bandera ondea en nuestras calles. Sus danzas tribales son seguidas frenéticamente por las generaciones más jóvenes, que al contar con una personalidad más limitada han sido los primeros en sucumbir ante la perniciosa influencia del enemigo.

Efectivamente, los miembros de estas jóvenes generaciones han sido mutados en algo parecido a zombies descerebrados y sin ideas propias, que solamente sirven ya para obedecer los dictados que los líderes invasores les transmiten a través de ondas hertzianas.

Pero no todo esta perdido para nuestra civilización. Un reducido grupo de rebeldes resiste a la invasión desde la clandestinidad. Su único recurso frente al poder opresor es una determinación inquebrantable, su buen criterio aprendido a lo largo de los años y una larga experiencia en la guerra de guerrillas contra invasiones de todo tipo en tiempos pasados.

Los líderes de las fuerzas de ocupación se muestran implacables en su castigo hacia la población civil. Aquellos cuyo celebro no puede ser reprogramado sufren las consecuencias de la opresión en forma de encarcelamientos y crueles torturas.

Los servicios secretos de los invasores intentan por todos los medios aplastar los focos de rebeldía. Las casas de la población civil son registradas, sus ocupantes son interrogados e intimidados y frecuentemente son conducidos a sus dependencias para ser sometidos a un proceso de aborregamiento que, o bien los convertirán en fieles seguidores de su causa, o bien les dejara secuelas incurables para toda la vida. Si es que viven.

Mi nombre es Aboreh, y soy uno de los pocos líderes rebeldes supervivientes.

La pasada noche me encontraba oculto en la sala de control de mi guarida manipulando simultáneamente dos ordenadores en un intento desesperado por introducirme en el sistema informático de los invasores. De repente, un ataque envolvente se perpetró de forma traicionera contra mi persona.

Por la calle principal avanzaba un SEAT León amarillo tuneao disparando obuses del Quiero la gasolina, calibre 200 decibelios.

Por una calle lateral los potentes altavoces de un Peugeot 206 negro, también tuneao, torpedeaban el aire con el Dale Don Dale.

Temiendo lo peor, me asomé a la ventana para intentar un plan de fuga desesperado, pero desde la ventana continua un francotirador me disparó una ráfaga de Pobre Diabla, alcanzándome en el oído izquierdo y haciéndome retroceder. Entonces intenté abandonar la sala de control por la puerta, pero me vi rodeado y reducido por las explosiones acústicas del ritmo machacón y repetitivo hasta la saciedad que salían de la habitación continua.

¡Malditos cobardes! Ni siquiera había tenido oportunidad de alcanzar mi guitarra para defenderme. Había caído en una encerrona de mi peor enemigo: ¡El Reggaetón!

Cuando desperté me encontré en una sala de paredes acolchadas. Estaba tumbado en una camilla y atado de pies y manos a ella y tenía una herida en la frente producida por la onda acústica que me había derribado. Todavía me zumbaban los oídos a causa del feroz ataque reaggetoniano.

Entonces entraron en la sala dos de los jefes de las fuerzas de ocupación: el comandante William Omar Landrón, también conocido como Don Omar, y el comandante Raymond Ayala, apodado Daddy Yankee por sus seguidores.

- Así es que tú eres el famoso Aboreh, ¿eh? – me preguntó el tal Don Omar.

Alrededor de los dos personajes se encontraban varios zombies de peinado de cenicero a modo de guardaespaldas, además de varias jovencitas vistiendo provocativas minifaldas que no paraban de mover el culo mientras tarareaban dame gasoliiiina, quiero gasoliiina.

- Sí, soy yo – respondí - ¿Y tú eres...?
- Yo soy Don Omar, comandante de los reggaetones.
- ¡Ah! ¿Y tú no sabes que autoproclamarse “Don” denota muy poquita educación, además de bastante chulería?
- ¡Aquí las preguntas las hago yo! – me increpó furioso - ¿Por qué te pones en contra del reggaetón, maldito traidor?
- ¿Sinceramente? Pues porque me parece una payasada – respondí
- ¿Ah sí? ¡Pues te vas a enterar, brother! – me gritó

A un gesto del comandante se me acercaron dos de los zombies pelocenicero con la mirada perdida. Antes de que pudiera reaccionar me encasquetaron unos grandes auriculares sobre las orejas, y tras unos segundos de silencio las notas del Gasolina de los cojones atravesaron mi cabeza.

Dos minutos de tortura fueron suficientes. Cuando me quitaron los auriculares un hilo de baba caía por la comisura de mi boca y parecía que la cabeza me iba a estallar. Me sentía fatal

- Bien, amigo Aboreh. Sigamos platicando tranquilos, ¿okay? – Me preguntó
- ¿Hablas inglés, Don? – le pregunté a su vez.
- Pues claro – respondió altivamente – soy de Puerto Rico, hermanote.
- ¡Pues fuck you, carajote! ¡Ja, ja, ja!

El comandante Don Omar se dirigió furiosamente a los dos pelocenicero de los auriculares.

- ¡Tum ta chum ta chúm! – les ordenó
- ¡Ta chúm! – respondieron al unísono.

Y de nuevo se acercaron a mí los dos zombies con los auriculares en la mano. Solamente el hecho de recordar los dos minutos de reggaetón a los que me habían sometido antes ya me producía arcadas.

- ¡Noooo! ¡¡Los auriculares noooo!! – grité acojonado.
- ¡Entonces hablarás! ¡Queremos saber dónde se ocultan el resto de los rebeldes! – Intervino por primera vez el comandante Daddy Yankee.

La situación empezaba a tener mal aspecto. No me quedó más remedio que contestar.

- Oye comandante, ¿Tú también eres de Puerto Rico? – le pregunté
- Pues claro, hermano.
- ¡Pues cógemela con la mano! ¡¡Ja, ja, jaaaa!!

Aquello colmó el vaso de la paciencia de los dos comandantes. Empezaron a gritar órdenes a los pelocenicero, a lo que estos me volvieron a colocar los auriculares a toda potencia.

Otros cinco minutos de Baila morena acabaron con mi resistencia. Lo último que vi antes de perder el conocimiento fue a las jovencitas moviendo el culo.

Cuando volví a despertar, seguía en la camilla, pero esta vez estaba sentado. Una de las jovencitas minifalderas tenía una bandeja en la mano, y uno de los pelocenicero me estaba poniendo una inyección en el brazo.

- ¿Qué coño es esto, cabrones? – pregunté amablemente
- Es el suero de la verdad, ahora nos dirás lo que queremos saber.
- Y un carajo. No confesaré – contesté.
- Eso lo veremos – respondió Don Omar desafiante – El suero ya esta haciendo efecto, así es que te haré la pregunta de nuevo. ¿Dónde se esconden el resto de los rebeldes?

Efectivamente, el suero me estaba haciendo efecto y me estaba amodorrando. Con los ojos medio cerrados le pregunté:

- ¡Qué sueño! ¿En que año estamos, Don?
- En el dos mil cinco.
- ¡Por el culo te la hinco! ¡¡Jaaaa, Ja, ja, ja, jaaaa!!

Por suerte para mí en aquel momento se oyó un fuerte golpe y se abrieron las puestas de la estancia violentamente. A continuación entraron varios de mis camaradas rebeldes armados con guitarras y bajos eléctricos y baquetas de batería. (En la imagen de la izquierda podemos ver a un camarada australiano armado con una Gibson SG en el fragor del combate)

Tras una breve escaramuza con los pelocenicero, los rebeldes recuperamos el control de la situación.








- Haya paz, hermanos - proclamé - No hay que luchar contra el reggaetón, ya que pronto desaparecerá por sí solo de la faz de la tierra.
- ¡Nunca! – respondió Daddy Yankee - Nuestra música es una mezcla de reagge y hip hop, y no puede desaparecer.
- ¿Has dicho de reagge? ¡¡Ja, ja, ja, ja!! ¿En serio? ¡Si Bob Marley levantara la cabeza y oyera eso se moriría otra vez de la risa! – contesté yo - ¿Qué tiene que ver eso vuestro con el reagge? ¿Y con el hip hop?

Los comandantes ya no estaban tan bravucones.

- ¡Pero nosotros somos originales! ¡Somos transgresores! ¡Escandalizamos a la sociedad con nuestras letras! – Protestó el comandante Don Omar.
- ¿Vosotros, escandalizar? – me sorprendí – ¡No me hagas reír, chaval! ¿Te suenan los Rolling Stones? ¿Y Alice Cooper? ¿Y los Sex Pistols? ¿Iggy Pop? ¿Frank Zappa? Solo sois unos críos maleducados a su lado.

Los reggaetones se miraron con sorpresa. ¿De quien coño les estaba yo hablando?

- ¿Y sabéis por qué va a desaparecer? Porque no tenéis imaginación, todas las canciones son iguales. Habéis encontrado una fórmula para venderles un ritmo y un baile a los chavales y ya no sabéis salir de ahí.

Los pelocenicero se miraban los unos a los otros. Sus miradas ya no estaban perdidas, sino que ahora mostraban interrogación y algo de suspicacia.

- ¿Y quieres otro motivo por el que va a desaparecer? Porque las chicas mandan en esto de las modas musicales, y a las chicas no les gusta vuestro rollo. Tal vez ahora les haga gracia a unas cuantas adolescentes, pero pronto abrirán los ojos y se darán cuenta de que sois unos machistas en un mundo de machistas, y que tratáis a las mujeres como objetos decorativos. Solo las tenéis para sacarlas en los videos moviendo el culo en minifalda.

Las jovencitas dejaron de sonreír y de mover el culo y miraron con cara de enfado a los comandantes mientras se estiraban la falda pudorosamente.

Mis camaradas rockeros me llevaron de vuelta a mi guarida, donde no tuve más que sentarme tranquilamente a esperar a que pasara la moda del reggaetón. Solamente duró dos meses más, justo hasta el último día de verano.

Nota final personalizada:

- Al pueblo de Puerto Rico, y también al de Panamá, deciros con todos mis respetos que siento mucho que os haya tocado a vosotros parir semejante engendro musical. Os deseo más suerte la próxima vez.

- A los seguidores del reggaetón solo puedo deciros que no desesperéis. Si la Madre Naturaleza no os ha favorecido con el buen gusto por la música, tal vez lo tengáis para otras artes, como el punto de cruz, por ejemplo. En todo caso, cuidadito con los coches tuneaos y con el Messenger, que los carga el diablo.

- A Don Omar, Daddy Yankee y otros reggaetoneros. Pues nada, sólo deciros que la... mmm... digamos la música que hacéis me parece un autentico coñazo, un monumento a la falta de imaginación y la horterada más grande que he oído en mi vida. Pero en fin, cada cual hace lo que puede. O lo que sabe.

Pero de buen rollito ¿eh?, no es nada personal.


Escrito por Aboreh El 08/23 a las 15:52
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Comentarios


bien dicho!!! tienes mi apoyo como fiel soldado ante la lucha en contra de la fiebre reggaetonera!!! XD


Comentario de tsubasa el el 10/01 a las 21:04

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